martes, 30 de abril de 2013

Vinilos, últimas compras

Black Power vol. 3 (Varios, EPIC)

Ya tenía  los dos primeros volumenes de esta serie dedicada al Funk goes Disco y ahora me hice del tercero. La cosa arranca flojita con los MFSB intentando una versión Funk de “Summertime” de la que, la verdad, no salen airosos. La cosa levanta con Billy Paul haciendo “People power”, un Disco Soul llevadero que te despierta una sonrisa y hasta puede que te haga ensayar algún que otro pasito de baile.

Luego viene un pasaje aceptable entre 100 Proof (“My place in the rock”) y otro Soul Disco meloso como para bailar en la terraza con Don Convay y “Travelling in heavy traffic”. ¡Contagioso! El lado cierra con las chicas de The Three Degrees haciendo un mid tempo con mucho wah wah y purpurina, “Long lost love”.

El lado 2 arranca bien funky-clásico con Labelle haciendo “Get you somebody new” (aunque me gusta más en castellano: Conseguite algo nuevo). El tema tiene suciedad, coros pendencieros de chicas y unos cortes con muchísimo Groove. Hasta acá, la joyita.

Enganchado, sigue una bien livianita y pasable de The Jacksons (“Enjoy yourself”, del primer lp del grupo para CBS, en 1976, luego de salirse de Motown).  Para el final, el compilado se guarda dos pesos pesados: los Isley  Brothers haciendo “People of today”, un funkazo sacado del disco de 1976 “Harvest of the world” (esperablemente, de lo mejor de todo el set) y termina con balada de cuerdas a cargo de los O´Jays (“I swear, I love no one but you”).  Una segunda mitad mucho más sólida y con mejores temas.

En general, estos “Black power” siguen siendo una linda opción para pinchar en fiestas, a mitad de camino entre el Soul, el Funk e incipientes toques Disco, sin caer todavía en los clichés tan insoportables del género. No te fallan. Y se consiguen baratos revolviendo ofertas.

Teddy Wilson (TROVA/ Everest Records: archive of Folk & Jazz music) 

Este disco está impecable, tanto la tapa como el vinilo, que parece nunca haber sido pinchado. La etiqueta de Trova (un sello que, hasta donde yo se, nunca fue muy cercano al jazz) viene en rojo y letras blancas.

Este set se grabó en New York, en mayo y junio de 1975 con una formación de sexteto que incluyó a Teddy Wilson al piano, Charlie Shavers en trompeta, Red Norvo en vibráfono, Remo Palmieri (vaya nombre) en guitarra, Al Hall en contrabajo y Specs Powell en batería. 

Wilson fue el célebre pianista de los conjuntos de Benny Goodman, y ya al frente de su propio combo, tuvo como cantante a Billie Holiday. Luego, en los años del Be Bop, poco y nada se supo de él. Esta grabación se pasea por momentos bien Swing, solos breves y un clima general contenido, austero. Disfrutable después de la cena.

lunes, 29 de abril de 2013

Discos: For the beauty of Wynona (Daniel Lanois, 1993)

Como buen alumno de Brian Eno, el canadiense Daniel Lanois aprendió la lección del maestro: a las canciones –además de saber/ poder componerlas- hay que construirles un escenario sonoro donde ocurran, donde la música tenga lugar. Para muestra, basta reescuchar cada tanto la magia que hay detrás de “Oh mercy”.  
 
En éste, el segundo lp de Lanois como solista, aparecen ambos mundos: canción y ambiente. Palabras y un maquillaje para revestirlas. El trip es inquietante, con muchos pasajes de una música profunda y evocadora. Como contrapartida, hay un tufillo a “demasiado armado” que amenaza con quitarle frescura al todo: hasta cuando suena suelto, el disco tiene cráneo detrás. Pero si escuchamos bien, ahí están las canciones.
 
“The Messenger” entra lentamente hasta alcanzar el clímax, al igual que ese blues ambiental que es “Death of a train”. Los momentos menos interesantes son los de ese universalismo de World Music vía Peter Gabriel (“For the beauty of Wynona”, “Indian red”). El clima general, en varios pasajes, recuerda a “The unforgettable fire” (1985), que la dupla Eno-Lanois produjo para los U2. Hasta hay citas a las guitarras marca The Edge en “Brother L.A”, por ejemplo.
 
En la mitad del set hay una gema que Daniel canta en francés, “The collection of Marie Claire”, con una coda Ambient que es toda una música en sí misma.  Y por último están los momentos más redondamente pop, repartidos sabiamente en “The unbreakable chain”, “Still learning how to crawl”, “Sleeping in the devil´s bed” y “Lotta love to give”, mi tema favorito y uno de los pocos up tempos del disco.
 
Hace mucho que no escuchaba “For the beauty…” y el reencuentro fue grato. Ahora que llega el otoño, este disco puede ser un buen soundtrack. Hay algo de curativo, además, en estas canciones. Algo relacionado a lo que se mece, lo que acaricia y alivia. En estos tiempos, no es poco.

Daniel Lanois- discografía cercana
Acadie (1989) For the beauty of Wynona (1993) Cool water (1994).

miércoles, 24 de abril de 2013

Videos: P.J. Harvey en vivo


Oh Polly Jean, enséñanos a cantar como nadie, a rockear, a ser una hermosa mujer fatal.
En vivo en "Later...", de Jools Holland.  

domingo, 21 de abril de 2013

Pelis: Almost famous (Cameron Crowe, 2000)

Almost famous poster1.jpgDomingo caluroso en Buenos Aires, como si el verano no quisiera irse del todo. En la modorra de la siesta enganché esta peli en cable, que siempre había visto de a partes. La dirige Cameron Crowe ("Singles", "Vanilla sky", "Jerry Maguire", "Peal Jam Twenty", entre otras).

La película narra la historia de William Miller, un chico de 15 años que medio de casualidad logra que la Rollling Stone lo acredite para cubrir la gira de Stillwater, una banda de segunda línea en pleno ascenso. Hay mucho de autobiografía, ya que el propio Crowe entró a trabajar en la revista cuando apenas tenía 18 años. Al ser el novato, los viejos lo mandabna a cubrir los grupos que odiaban. Así le hizo entrevistas a Todd Rundgren, Lynyrd Skynyrd y Led Zeppelin, entre muchos otros.

Ya en el micro de gira, (el adorable "Dorys") William va a embarcarse en una lección de vida, con muchas y agridulces enseñanzas. Ok, "Almost famous" es una de esas clásicas películas políticamente correctas y hollywoodeenses sobre el mundo del rock (como "School of rock" y otras) pero está muy bien. Tiene sentido del humor y buenas canciones, todas girando alrededor de 1973, el año que transcurre la acción. Y logra retratar bien ese momento clave de la industria a comienzos de los 70, cuando el negocio ya se estaba volviendo realmente grande.

Hablando de escenas de micro, yo me quedo con ese momento en que los músicos y la crew van cantando "Tiny dancer" mientras atardece, después de una pelea típica de grupo de rock con problemas de egos y demás.


El soundtrack completo:

1. America (Simon and Garfunkel)
2. Sparks  (The Who)
3. It Wouldn't Have Made Any Difference (Todd Rundgren)
4. I've Seen All Good People: Your Move (Yes)
5. Feel Flows (The Beach Boys)
6. Fever Dog (Stillwater)
7. Every Picture Tells A Story (Rod Stewart)
8. Mr. Farmer (The Seeds)
9. One Way Out (The Allman Brothers Band)
10. Simple Man (Lynyrd Skynyrd)
11. That's The Way (Led Zeppelin)
12. Tiny Dancer (Elton John)
13. Lucky Trumble (Nancy Wilson)
14. I'm Waiting For The Man (David Bowie)
15. The Wind (Cat Stevens)
16. Slip Away (Clarence Carter)
17. Something In The Air (Thunderclap Newman)

lunes, 15 de abril de 2013

Shows: The Cure en River Plate, Buenos Aires, viernes 12 de abril



Basta medio arpegio de esas gloriosas guitarras al comienzo de “Lullaby”,  o el estallido de cristales que abren “Plainsong” para que -a la manera de la célebre madalena proustiana- toda una cadena de recuerdos se nos hagan presentes.
 
Y es que allí radica gran parte de la magia intacta de The Cure: un sonido monolítico, por momentos onírico, por otros pesadillesco y por qué no feliz, que viaja por nuestro inconsciente y activa otros tantos paisajes y memorias. Verlos en vivo no es asistir a un concierto. Es reactivar una ceremonia sensorial plena.
 
 
Por eso y por muchas otras cosas no es casual que nos hayamos encontrado tantos queridos amigos clase 73 y 74 en el show de River Plate. Con casi 40, allí estuvimos todos los que de alguna manera fuimos flechados por ese sonido allá en nuestros años de secundaria. Es más, esa sensibilidad compartida es la que en muchos casos nos hizo amigos, hasta hoy. Así que ¿cómo no celebrar un encuentro como este, en una noche de otoño tan especial?
 
Veintiséis años de espera desde la última visita del grupo valieron la pena. La recompensa fue suculenta. Los The Cure nos pasaron por arriba en más de tres horas de show y un recorrido que abarcó casi todos sus discos (sólo faltó “Bloodflowers”). Tal vez, el único punto criticable haya sido cierta dispersión en el playlist: un ida y vuelta entre densidad climática y bailoteos pop que hacían perder un poco el foco.
 
Pero arriba del escenario la banda es cosa seria. Hay que estar cerca,  oírlos y verlos muy bien. Apenas se miran. Saben todo lo que hay que hacer para recrear una vez más ese Sonido. Simon Gallup tocó toda la noche con gesto adusto, pegado a ese baterista frío como un témpano y preciso como un reloj que es Jason Cooper. A los costados, Reeves Gabrels nos hizo extrañar bastante a Porl Thompson (mucho más Cure en todo) y Roger O´Donnell aportó matices desde su sequedad casi estatuaria.
 
Arrancaron climáticos desde “Disintegration” (“Plainsong” y “Pictures of you” en orden, más “Lullaby”) para enseguida sacarse de encima un par de hits: “Just like heaven”, “High”, “In between days”. Un rato más tarde sacaron su chapa postpunk para repasar el canon de su trilogía básica: “Play for today” y “A forest” (monolítica, con psicodélicos árboles detrás, implacable) y esa gema de “Faith” que es “Primary”. En esos momentos, el tono oscuro ganó la partida con muchísima autoridad. Patada directa a la yugular y dientes apretados.
 
La gente de recitales en este comienzo del siglo XXI es un tema aparte. Si uno va como observador imparcial ahí puede ver toda la galería de trastornos de ansiedad juntos: los que mandan mensajitos todo el tiempo, los que parecen querer cobrarse en coros y estribillos y saltos descontrolados lo que pagaron de entrada, aún en temas inverosímiles (¿pogo en “One hundred years”? Como que no da ¿no? No hace falta). 
 
Pero la banda arriba del escenario atrae toda la atención. Robert Smith pareció soltarse a medida que avanzaba el show, y se divirtió especialmente en los momentos más pop bailando como un espantapájaros oxidado. En el segundo encore la banda armó una seguidilla - ahora sí deliciosa, por tratarse de gemas olvidadas- que incluyó mucho de la etapa “Japanese whispers”/ “The top”: “The Caterpillar”, “Lovecats”, “Let´s go to bed”, “Dressing up”. 
 
Otra tanda de bises pasó por el doble “Kiss me kiss me kiss me”, de 1987: “The kiss”, “If only tonight we could sleep” (“un tema que habla sobre la locura” según Smith) y la rescatada del olvido “Fight”. Y para el final, la banda volvió hacia atrás, hasta 1979, en uno de los mejores momentos de la noche con “Boys don´t cry” (Robert Smith parece abocado a rescatar el valor canción de los temas donde amerita hacerlo y los canta más melodiosos y flexibles) y la dupla final, inoxidable, con “10:15 Saturday night” y “Killing an arab”, recordándonos que el ADN de la banda siempre estuvo en el punk.
 
 
En ese último rescate se niveló una noche inolvidable de por sí, donde fuimos tocados por un hechizo colectivo y personal a la vez. Ese que nos hizo cantar a viva voz las mismas canciones que sonaban en nuestras habitaciones, en soledad. Nuca lo hicimos y no hace falta aclararlo, pero va a ser difícil, casi imposible, olvidar esta noche con los The Cure.

viernes, 5 de abril de 2013

Discos: Comedown machine (The Strokes, 2013)

Me encanta el sonido que los Strokes definieron a partir de “Angles” (2011). Cuando su fórmula parecía agotada y los discos que venían sacando se desinflaban sin remedio, salieron con un sonido robótico –muy deudor del pop sintetizado de los 80- que les dio un vuelo particular.

Las canciones, dicho sea de paso, cambiaron junto con el sonido: ahora tienen más vuelta, más orfebrería pop. Cada vez se nota más la mano de Julian Casablancas marcando el rumbo del grupo.

Por todo esto, “Comedown machine” es una clara continuación de “Angles”. De hecho, “Tap out” –el primer tema- es un poco la hermanita menor de esa gema que es “Macchu Picchu”. En otros momentos (el primer single “All the time”, “50/50”) la banda parece revivir las viejas épocas: más directos, guitarreros.

Los Strokes se siguen debatiendo acerca de cómo ser una banda de rock en este momento particular de la cultura rock, donde todos los estilos y entrecruzamientos parecen ya probados y estamos atiborrados de información. ¿Les sale? Yo creo que se pusieron interesantes ahora que el hype ya se olvidó de ellos.

“Welcome to Japan” es absolutamente contemporánea, como si a los franceses Phoenix les agregáramos una saludable capa de guitarras (y de garra). El tema tiene algo funky, algo de esa nocturnidad anclada en los 80 que sobrevuela estos dos últimos discos de los newyorkinos.

Hablando de los 80´s, el primer parate llega con la explícita "80s Comedown Machine", de lo más flojito del set porque nos saca del ritmo entretenido que traíamos. “Slow animals” es otro buen momento, subiendo y bajando en intensidad. Y forma un buen tándem con “Partners in crime”, un power pop guitarrero para el siglo XXI.

En el tramo final, “Chances” retoma el sonido nocturno-futurista, con clima de lento de boite. Las melodías bien voladas y el falsetto de Casablancas se llevan las palmas acá. “Happy ending” huele a futuro single (levemente funk, con buenas partes de guitarras, levantadas y un estribillo hiper pegadizo) y “Call it fate, call it karma” es un cierre enigmático y encantador, como sacado de un viejo 45rpm para cantar en una noche crepuscular.

Y así terminan 39 minutos frescos, livianos, que pasan –como mucha buena música actual- como si nada.  Los Strokes suenan como uno se imagina que debería sonar una banda de rock hoy, ni más ni menos. Suenan actuales, a disfrutame ahora, ya mismo. Como ya dijeron los Fab Four, mañana nunca sabe.

The Strokes
Julian Casablancas, Albert Hammond, Jr, Nikolai Fraiture, Fabrizio Moretti, Nick Valen

martes, 2 de abril de 2013

Discos: AON (AON, 1993)

Poco y nada aparece en internet sobre este grupo llamado AON, al que llegué allá por 1993 cuando el gran Alfredo Rosso vendía discos en la Galería Bond Street de Buenos Aires. Nada. Sólo tengo este disco en mis manos, editado precisamente en 1993.
 
Mejor así. Como no contamos con data ni Wikipedia, vamos con la imaginación. Sólo puedo ver que los editó el sello de música electrónica Big Life Records (que también lanzó al primer The Orb, entre otros). En los AON yo escucho una cruza de música Celta (¿serían irlandeses?) pop de fina factura y una electrónica mínima, apenas Bits suaves que sostienen las canciones.
 
Datos aparte, es un disco bastante entrañable éste. Ideal para el otoño que está llegando. Se mimetiza, en sus colores, con las primeras hojas amarillas. La voz femenina de Annie Burton recuerda a una Joni Mitchell limada de asperezas y acordes jazzeros y recubierta, en su lugar,  de una electrónica tibia, acolchonada. Hay teclados, hay guitarras suaves. No vas a encontrar sobresaltos, sino contención. Funciona.


 
 
Mis momentos favoritos se reparten en random a lo largo del disco. “Be yourself” es puro espacio, melodía y sopor estelar. La letra nos pide que seamos, al mismo tiempo, nosotros mismos y “todo” para ese otro que nos canta. “Master of disguise”  se sostiene entre guitarras, una percusión suave y una melodía que parece venir ya hecha, ya cantada desde un folk antiguo y remoto.
 
Es cierto que por momentos hay peligros de New Age en los AON, sobre todo en los momentos más calmos, con esas capas de teclados a puro bienestar. Pero el grupo tiene un arraigo en sonidos y melodías con esencia, con peso. Y se aleja del peligro de la intrascendencia chillo ut. Hay vuelo, hay calidez, hay una factura pop exquisita en unas canciones de esas que te pueden dar un rato de compañía en momentos de dolor o de soledad. Son de las que alivian.
 
Una de estas tardes que no para de llover en Buenos Aires bien puede sonar “I once loved a lad”, otra maravilla de este lp. Aquí los AON suenan como unos Fairport Convention actualizados y pasados por Hi Fi hogareño. Otra perlita de un disco que bien mirado, flota fuera del tiempo, sin envejecer ni apurarse.
 
AON
Annie Burton, Graham Burton, Timothy Rochford Harney.

viernes, 29 de marzo de 2013

Discos: Carved in sand (The Mission, 1990)

Con el tiempo algunas etiquetas como “Rock gótico” quedaron un tanto graciosas, o directamente irrelevantes. En el caso de los británicos The Mission ¿qué importa como catalogamos su estilo, si nos dejaron temazos y muy buenos discos?  

Hablando de discos, a veces las obras maestras dejan estelas. Es el caso de “Children” (1988), seguido de este “Carved in sand”, editado en 1990. Después de la perfección y la cima de la inspiración siguió otro buen disco como coletazo. Expansivos, climáticos, ornamentales. Los viejos trucos de los de Wayne Hussey siguen presentes. Hay espacio para la experimentación y la derivación como en “Belief”, llena de trances pesadillescos y momentos climáticos.

"Into the blue” y “Deliverance” son clásicos instantáneos en la veta ya conocida: acústicas tejiendo arabescos (una clara herencia del costado John Paul Jones de los Zeppelin), bases monolíticas, grandes puentes y estribillos. Ahí el cuarteto no fallaba. Dos temazos.


Pero en “Carved in sand” hay matices, y la banda muestra su costado tierno acercándose al pop de manera impecable en “Butterfly on a Wheel”, sin resignar un ápice de su personalidad. El tema fue uno de los cortes del álbum.  “Amelia” arranca el disco con una patada en la frente (el lado B del single traía un tema bellísimo, “Hands across the ocean”) y  “Wrapes of wrath” (“Viñas de ira”) es un homenaje sentido a la clásica novela de John Steinbeck sobre parte de la historia de Estados Unidos.

En la poderosa “Hungry as the hunter” toca guitarras el ex Tin Machine (y actual The Cure) Reeves Gabrels y  “Lovely” cierra el disco en clima pastoral, relajado.

Después de este disco los The Mission entrarían en un derrotero un tanto confuso, perdiendo el foco de una carrera sumamente irregular (en Inglaterra, la movida Madchester los agarró a contrapierna). Pero todavía tenemos sus tres primeros lps (los de la gloria) para volver a escucharlos en plena forma.
The Mission 1990
Wayne Hussey, Simon Hinkler, Craig Adams, Mick Brown
Discografía cercana
Children (1988) Carved in sand (1990) Grains of sand (1990).

miércoles, 27 de marzo de 2013

Discos: Red House Painters (Red House Painters, 1993)

Ya llegan los discos de otoño

Los Red House Painters fueron el grupo del cantante y compositor Mark Kozelek. Formados en San Francisco, entre 1989 y 2001 editaron 6 álbumes -casi todos bajo la tutela del sello británico 4AD- con canciones mayormente acústicas y un sonido cálido, lento y envolvente. Para muchos, una propuesta aburrida. Para otros, una música impresionista y sugerente.

Personalmente, creo que la mejor marca del grupo fue su segundo lp, el homónimo "Red House Painters" (alias "Rollercoaster") editado en 1993. Allí están las mejores canciones de Kozelek, y el grupo alcanza grandes momentos en arreglos, climas y armonías. Una colección de canciones bellísimas y atemporales, que nunca parecen envejecer.

"Grace Cathedral Park", el tema de apertura, ya contiene todos los elementos que vamos a escuchar de allí en más. La voz templada, el sonido orgánico y cálido, la flotación de acordes y arpegios. La banda trepa al primer clímax en la larga coda de "Katy song" y la distorsión controlada y paisajística de "Mistress" (que más adelante aparece reversionada solamente con voz y piano, en uno de los momentos más especiales del disco).

Entre las canciones más redondas ("Take me out", las bellísimas "New Jersey" y "Rollercoaster") el grupo se toma su tiempo para colgarse de jams climáticas como en "Funhouse". En esos momentos y en la utilización de acordes casi cercanos al jazz la banda lograba su toque distintivo, extraño y experimental.

A pesar del clima contemplativo y relajado de todo el disco, en diversas entrevistas Mark Kozelek recuerda esta grabación como "nueve meses tortuosos". Poco y nada de eso se refleja en esta música por momentos celestial.

Red House Painters- discografía completa
Down Colorful Hill (1992)-Red House Painters (aka Rollercoaster) (1993)-Red House Painters (aka Bridge) (1993)-Ocean Beach (1995)-Songs for a Blue Guitar (1996)-Old Ramon (2001).

jueves, 21 de marzo de 2013

Discos: Underwater moonlight (The Soft Boys, 1980)

El clásico de Robyn Hitchcock y The Soft Boys sigue sonando fresco y lleno de ideas a más de 30 años de editado. Tiene poco que ver con su contexto y a la vez podría haber sido grabado en cualquier otra época. Si no te dicen "es de 1980" no te das cuenta. Uno de esos discos, en verdad, inoxidables.

La clave, por empezar, está en las canciones. ¡Qué grandes esas guitarras y coros abiertos que parecen lanzados al aire en "I wanna destroy you"! ahí nomás, al comienzo, para empezar a sentir este chorro de energía de 36 minutos que es “Underwater moonlight”.

Y ya desde este primer tema nos hacemos la misma pregunta de siempre, tratándose de Robyn Hitchcock: ¿esto es música pop? ¡Claro que si! Pero se trata de ese pop que nunca será para todo el mundo. Y es que si bien los guiños y arreglos pertenecen a la mejor tradición pop (Beatles, Byrds) algo en su confección final, en su armado y su maquillaje siempre puso a la música de Hitchcock en un lugar “alternativo”, aún cuando ése término todavía no existía. En ese sentido, “Underwater…” es otro clásico disco de merodeadores de cuevas melómanas, de “entendidos”.

Otra maravilla de este álbum es la profusión de arreglos inventivos, audaces, y los toques psicodélicos repartidos aquí y allá, como en "Kingdom of love". Misteriosa en las estrofas y con gran estribillo y arreglos que cruzan a Syd Barrett con el filo New Wave. El bajo serpenteante de Matthew Seligman y los firuletes guitarreros del gran Kimberley Rew hacen el resto.

Como si en cada tema adoptara humores bien diferentes, en “I got the hots” el grupo toca una clave densa y bluseada en tono Pub Rock, mientras que en “Tonight” y sobre todo “The Queen of Eyes” (una cita directa a The Byrds) pavimentan el camino para los que estaban llegando, como los primeros R.E.M y demás “Indies”.

Hay más joyitas con el instrumental “You'll Have to Go Sideways" (una cortina casi casi de cine Clase B) y la saltarina “Underwater moonlight”, mitad canción de gnomos, mitad Power Pop para cantar en tu habitación.

El album fue reeditado en 2001 con nueve outtakes y un disco bonus (“...And How It Got There”) que es la delicia de los fans: incluye 17 temas sacados de los ensayos del disco en “The Boathouse”, un club house en Cambridge. 

The Soft Boys 1980
Robyn Hitchcock (guitarras, voz, bajo en "Insanely Jealous") Kimberley Rew (guitarra, voces, bajo y sintetizador en "You'll Have To Go Sideways") Matthew Seligman (bajo) Morris Windsor (batería y coros). 

Discografía cercana
A can of bees (1979) Underwater moonlight (1980) Two Halves for the Price of One (rarities, 1981).

sábado, 16 de marzo de 2013

Discos: Minimum maximum (Kraftwerk, 2005)


Música y confort para viajar

En 2012 tuve la suerte de viajar por tercera vez a Europa. Conecté las distintas ciudades de mi itinerario por el medio de transporte que sigo pensando que es el mejor y más bonito: el tren.

Por ese medio viajé de París a Amsterdam, de Amsterdam a Berlín y de Berlín a Praga, en un tramo bellísimo a través de los campos verdes de Bohemia.

En los viajes, conectado a los auriculares, dejé correr entero "Minimum maximum", el doble en vivo que Kraftwerk editó en 2005. Promediando el disco llegué a una conclusión que no me pareció nada exagerada, ni en ese momento de "epifanía Trans-Europa" ni ahora: es el mejor disco para viajar de todos los tiempos.

Difícil hablar de estas cuestiones sin sonar metafísicos, pero lo que tenemos aquí es una música que -en sí misma- es puro viaje. Tiene repeticion y a la vez se desplaza, junto con nosotros. "Planet of visions", las distintas etapas de "Tour de France", "Computer world", "Neon lights". Esos temas no sólo son ideales pra atravesar campos, ciudades y montañas en tren, sino que parecen haber sido compuestos (¡tal vez lo fueron!) en las cabinas asépticas e hiper silenciosas de esas naves espaciales que se desplazan sobre rieles. 

Música y velocidad. Movimiento y repetición de Krautrock. Excitación sensorial y placer derivado de la asepsia de la cabina (donde todo está en orden y el silencio hace ver el afuera como una película). Todo da como resultado un estremecimiento vital incomparable.

Después están los datos anecdóticos: el magnífico DVD (que por supuesto hay que ver) que acompaña el disco. Una fiesta visual que invita a viajar - ahora más que nunca- sin moverte de tu sillón. Mi amigo Charly me regaló el disco para un cumpleaños, y sin saberlo me estaba dando un pasaje abierto para todos los trenes y aviones del mundo.

Algo más. Como registro, "Minimum..." supera el  "greatest hits live". Esto es Kraftwerk lanzado al siglo XXI (algo que en apariencia puede sonar paradójico, tratándose de un grupo que siempre sonó en el futuro). Sonido superlativo, versiones que actualizan bien los temas, los aggiornan en el mejor sentido imaginable. 

"Minimum maximum": más importante que tu pasaporte al día para viajar por la vieja Europa.

jueves, 14 de marzo de 2013

Discos: Big time (Tom Waits, 1988)

Tal vez porque se esté terminando el verano, pero por estos días me la paso revisando los estantes de mi “discoteca B”. Esa donde se apilan cds que hace tiempo no escucho.

“Big time” fue el primer disco que escuché de Tom Waits. Yo tendría 19, tal vez 20 años, y claramente no estaba preparado para esto. Me acuerdo de ir volando a la disquería para pedirle al vendedor que me cambiara el disco. No podía entender –yo que venía del Dark y el post Punk- los ladridos y mugidos de ese sujeto que cantaba como un negro y que encima se reía de mí desde la foto interna del cd (esa misma que hoy miro y me parece genial).

Nunca lo había pensado hasta hoy, pero es probable que haya sido el viejo Tom el que me abrió la puerta de los songwriters. Es un buen dato, que joder.

Como sea, un tiempo después volví  a la disquería para comprarme nuevamente  “Big time”. Y luego fueron otros discos los que llegaron a casa: “Frank´s wild years” (en vinilo) “Raing dogs”. Todos los del período “deforme”, el que empieza con “Swordfishtrombones”, del 83.

Pero “Big time” es como el resumen de todo ese período, mejorado y en directo. Es un disco en vivo con mucho de cinta casera: el sonido de las grabaciones es desparejo, se escuchan soplidos, diferencias de volumen y todo eso lo hace todavía más un disco de bar, de taberna. Podría sonar en un bodegón de París o de La Boca. Siempre tarde en la madrugada.

Hace mucho que no escuchaba estas canciones y hoy volví a ver algo ahí. Algo vinculado a la indudable estirpe de songwriter de Waits.

“Cold cold ground” tiene ese acordeón bohemio y marinero y “Underground” sintetiza el ADN del proyecto de Waits por entonces: aires de polka, de soundtrack de baja estofa. Todo eso que el cine independiente usufructuó durante años, gracias a la cruza que hizo Tom antes que nadie de lo profano, el blues bajo, la música de cabaret y el ruido industrial.  Sin abandonar nunca su hija dilecta, la canción.
Hay mucha tela para cortar en “Big time”. Hoy cualquier perejil haría una carrera entera (si la hace) con la cuarta parte de estas canciones.  “Straight to the top” parece tocada en un sótano infecto y la impresionante versión de “Rain dogs” pisa el charco de unos Balcanes empapados de alcohol.  
Y hay bastante más en el lote canción sentida. “Yesterday is here” (“hoy son cielos grises/ mañana son lágrimas/ vas a tener que esperar a que el ayer esté aquí”) suena en un clima de madrugada quieta. Y luego están las bellísimas “Train song” (esa voz atronadora es para cantar en la puerta de un cementerio a ver si alguien se despierta, con altísimo octanaje de Blues y de Soul) y “Johnsburg, Illinois”, que era la favorita de mi viejo y con quien solíamos escucharla al lado de los equipos.
Años después logré enganchar, en el cable, la película “Big Time” sobre estos shows, con Waits en el papel de vendedor de tickets y luego –ya en el escenario- cantando adentro de una bañadera.  "Big time" es uno de esos discos para escuchar con amigos o solo, pero siempre muy tarde a la noche. Una canción atrás de otra, o en puñados de a cinco o seis.
“Es solo tiempo” canta Tom sobre el final.  Es solo tiempo el que te va a traer de vuelta a estas canciones.
Tom Waits- discografía cercana
Frank´s wild years (1987) Big time (1988) Bone machine (1992).

martes, 12 de marzo de 2013

miércoles, 6 de marzo de 2013

Discos: X∞ multiplies (Yellow Magic Orchestra, 1980)

En 1980 el pop era en gran medida Synth Pop. Y ahí estaba la Yellow Magic Orchestra como pionera en esto de hacer música con computadoras, teclados y un incipiente uso del sampler. Todas herramientas que dominarían la música en los años siguientes. Pero ellos -hay que recordarlo- fueron de los que hicieron los primeros palotes.

¿Qué queda del sonido de la Y.M.O, de sus discos, más de treinta años después? Lo primero que salta a la vista (o al oído) al escucharlos es una sensación de frescura y dinámica asombrosos. Esta música suena como si los integrantes del grupo se estuvieran divirtiendo al momento de hacerla. Como si estuvieran dibujando con lápices de colores sobre un mapa en blanco. Y es que en realidad era un poco así ¿no?

Todos sus primeros discos (tal vez hasta "BGM", 1981) son buenos y valiosos, pero hoy en Ultravivido le damos vueltas a "X∞ multiplies", de 1980.

Arrancan con un pseudo-Glam Rock (¡con guitarras y todo!) llamado "Ice age" y sólo un poco más adelante tenemos esa maravilla de música a la velocidad de la luz (ideal para viajar en el tren bala con auriculares) que es "Rydeen". Guau. Qué música completa. Es asombrosa la precisión con la que todo está encastrado y la puntería para que cada sonido ocupe su lugar, sin gastos de más. Una música que va al grano y no se detiene.

Este disco suele escucharse en dos versiones, la original japonesa y la norteamericana, con tracklists muy diferentes entre sí (en la japonesa aparecen pequeños sketches separando los temas, entre otras cosas). Otro instrumental notable acá es "Technopolis", y en el tema "Multiplies" el grupo ensaya una especie de Ska robótico, antes de terminar con "Solid state survivor", otro tema buenísimo. Al igual que "Behind the mask", dos canciones ideales para musicalizar un buen documental sobre tecnología en el siglo XX.

Yellow Magic Orchestra
Ryuichi Sakamoto, Yukihiro Takahashi, Haruomi Hosono.

Álbumes de estudio
Yellow Magic Orchestra (1978) Solid State Survivor (1979) ×∞ Multiplies (a.k.a. Zoshoku) (1980) BGM (1981) Technodelic (1981) Naughty Boys (1983) Naughty Boys Instrumental (1983) Service – Japan No. 5 (1983) Technodon – Japan No. 2 (1993).